EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA
Cuando hablamos de democracia siempre lo hacemos desde la idea de una ciudadanía que escoge libremente a sus administradores.
Cada uno de los ciudadanos, por educación, ideología, visceralidad o interés egoista, debe escoger al que cree que mejor puede representar sus inquietudes. En eso se basa la democracia, solo en eso.
Los políticos, entonces, deben utilizar las artimañas típicas de un vendedor para convencer a los ciudadanos que su oferta es la mejor, la que saldrá más barata y con mejor calidad.
Esas artimañas son en principio legítimas, aunque muchas de ellas no deberían serlo. Son legítimas por el mero hecho que las leyes que deberían poner reglas a la venta del producto, las hacen los mismos políticos.
Ahora está de moda reclamar la devolución del dinero al vendedor del producto, cuando éste no cumple las expectativas prometidas en su publicidad. Antes eso no era posible, pero ahora la ley del consumidor defiende al ciudadano de a pie, del abuso y mentira del vendedor.
La democracia es el último exponente de la voluntad de un pueblo, por tanto, dicha voluntad, para bien o para mal, hay que respetarla. Si un pueblo, ejerciendo este derecho, incumple un pacto, un código humano, se le puede pedir responsabilidades. Pero si dicho pueblo es engañado con artimañas, las responsabilidades hay que pedirlas a sus gobernantes.
Un gobernante debería entonces asumir todas las consecuencias de su engaño, como posible hambruna, pobreza, destrucción y muerte. A esos gobernantes se les debería hacer responsables con su hacienda y vida, tanto con su prisión como ruina futura, y todos los beneficiarios de su engaño deberían ser corresponsables de ella.
Ahora bien, hay una parte de la sociedad que pasa, que no se involucra en nada, que le es más cómodo sentirse engañada.
Con el tiempo y, a medida que este tipo de democracia va afianzándose paulatinamente en la sociedad, la parte que se desinhibe de ella aumenta.
Cuando estudiamos la participación ciudadana en las elecciones, vemos con estupor que, a menos que haya una convulsión importante, ésta tiende a bajar.
A la clase política, pese la propaganda y su aparente escándalo ante el problema, ya le interesa. Un electorado inculto e idiota es más fácil llevar que uno culto e inteligente, por tanto, a toda clase política le interesa que su ciudadanía piense poco en ella o, todo lo más, considere que no vale la pena votar. Su esfuerzo es conseguir que unos pocos, los suyos, se presenten frente las urnas. La abstención que afecte al contrario es lo que interesa.
Esta ha sido la estrategia en la que se ha basado la política catalana en sus últimos años y el resultado es de sobra conocido.
El sistema para conseguir esto se basa en la crispación, en el ataque continuado aun sin rigor. En la mentira bien explicada junto con la acentuación de la visceralidad contenida en un electorado manipulado o, cómodamente, dejado manipular.
Todo el mundo sabe que... pero es más cómodo creer la mentira antes que pensar en algo demasiado complejo.
El mensaje es claro: No pienses, ya lo haremos nosotros por ti.
El truco es sencillo: No votes, ya que si lo haces... mira quien va a gobernarte.
La presión mediática diseñada en base a la crispación da el resultado esperado. Muchos dejarán de votar al provocador, pero aun lo harán más al que recibe el ataque.
Una estrategia copiada de los políticos norteamericanos los cuales buscan sin cesar un votante fiel por pura visceralidad y provocan la abstención al contrario.
Si queremos ser gobernados en auténtica democracia, primero deberemos aprender a votar, debemos buscar el más afín a nuestra ideología sin dejarnos llevar por los mensajes confusos que emiten los medios. Después, una vez encontrado el abanico de posibilidades, deberemos votar el que menos mienta por muy extraordinario o raro que parezca. Solo así conseguiremos sanear la política y salvaguardar la democracia.
Hemos de olvidar los crispadores y estudiar si realmente nuestra sociedad ha mejorado o empeorado, si preferimos un sistema u otro. Hemos de saber analizar y distinguir la realidad sobre la quimera. Y, sobre todo, hemos de ser conscientes que somos muchos, que todos pensamos de manera distinta y que, para bien o para mal, forzosamente hemos de convivir los unos con los otros.